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Las barreras del silencio se rompen al atravesar la pequeña puerta, esa que parece pertenecer a una casa de muñecas, pero no, es la puerta de la casa  cueva, la mágica puerta que al ceder su cerrojo, nos adentra en un mundo distinto – no muy lejano -, un mundo íntimo, de hermosa sencillez.

– Buenas tardes Panchito, he venido a conocerlo.

La luz del patio me hace un guiño y me invita a pasar. Y paso con la sonrisa tonta de los enamorados.

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Camino por el patio sobre las huellas de aquel instante capturado por la cámara, porque quiero tocar el banco que veo en la foto, porque quiero una foto en el banco que toco – en su rincón de trabajo -.2

A la izquierda, en la habitación cueva, el almacén donde apila los sacos de barro, las herramientas: el aro de hierro (de los toneles de vino) para desbastar la pieza y dejarla tan ligera como fuera posible, había que pensar en la venta itinerante, las piedras lisas de mar: curvas, planas, de punta,  para raspar, alargar, bruñir el barro, la caña como punzón para decorar la pieza, el molino de piedra para triturar el almagre, los recipientes donde se vertía el agua traída del barranco, tan necesaria para su trabajo, y tan ausente en aquellos riscos de La Atalaya. Agua que de tanto aprovecharla se convertía en lodo, también utilizable como pegamento en el proceso de creación de la pieza. La jaula de pájaros, la hornilla, la cazuela para asar castañas…

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A la derecha, en otra burbuja de roca, su dormitorio. Una cama, una cómoda, y algunas vasijas de barro – enceres de cocina hechos con sus manos -, estos son los utensilios de diario, que lo adornan y ennoblecen.

En una pequeña mesa de noche  sus zapatillas.SONY DSC

– Maestro, he llegado a intimar con usted más de lo que quizás hubiese usted permitido; pero ver que su calzado carecía prácticamente de suela, no hizo sino engrandecerlo ante mis ojos.

Algunas de sus hermosas piezas de barro, aquellas que fueron hechas con arduo trabajo para atenuar las duras carencias en las que entonces se vivía, hoy lucen en las hornacinas de su casa cueva, colocadas por aquellos que presumen de haberlo conocido, como queriendo decir:

– Este es Panchito, nuestro Panchito. El Maestro Locero de La Atalaya.

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A ellos doy las gracias.

 

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